
El largometraje de Gint Zilbalodis es una delicada, sensible y preciosa obra de imaginación cinematográfica, que transcurre en medio del cataclismo, ya sin humanos, cuando las aguas sobrepasan sus cauces y toman bajo su dominio los territorios de estancia de este gato negro, personaje central, y de sus compañeros de supervivencia
Mientras que el Gobierno de EE.UU. hace caso omiso al cambio climático y rehúye todo acuerdo o firma de protocolos internacionales, el Oscar del año premia como Mejor Película de Animación a la fábula ecologista Flow, un mundo que salvar (2024).
La decisión habla de la divergencia de pareceres entre la alta política gringa y la comunidad artística, la cual privilegió esta cinta animada, cuya advertencia dolorosa apunta hacia donde puede conducir una debacle que sería propiciada, en gran parte, por el desdén de esos poderosos encargados de acelerar la depredación medioambiental.
El largometraje de Gint Zilbalodis es una delicada, sensible y preciosa obra de imaginación cinematográfica, que transcurre en medio del cataclismo, ya sin humanos, cuando las aguas sobrepasan sus cauces y toman bajo su dominio los territorios de estancia de este gato negro, personaje central, y de sus compañeros de supervivencia. Trazados todos –punto a favor–, sin los consabidos rasgos antropomórficos.
A puro cine, a imagen limpia que prescinde de diálogos y confiere preeminencia al detalle, al ademán, las texturas, los sonidos, Flow… aprovecha los paisajes y dibujos, creados en un software de código abierto llamado Blender, para dibujar un magnético escenario visual.
Su esplendor lo anuncia desde la propia secuencia del comienzo, cuando el gato se mira en las aguas del estanque. En ese momento, advierte la corrida temerosa de una liebre que, al huir de una jauría de perros, pisa un charco y llena de gotas de agua la espalda del minino.
Esas gotas, caídas progresivamente al suelo al arquearse y sacudirse el felino, son el adelanto que, desde el punto de vista de la exactitud, adquirirán unos fotogramas henchidos de expresividad.
Sin embargo, Zilbalodis no quiere que su filme se recuerde tanto por lo técnico –cual sucede con no pocos animados occidentales–, e intencionalmente deja aparentes fallos, como el dibujo trunco del pelaje de los animales. Con eso nos está diciendo que le interesa menos el hiperrealismo que los conceptos manejados por su película.
Flow… vale mucho más por sus audibles señales en torno a la unidad en la diferencia, en tanto único mecanismo posible de supervivencia colectiva. Con ideas muy útiles para el público infantil, y general, alrededor de la integración, la generosidad y el halar todos parejo en las circunstancias más adversas, avanza el metraje de una película que es muchas cosas a la vez: distopía de resonancias bíblicas, relato de supervivencia, historia de amistad, y parábola proconservacionista.
Se piensa, al verla, en el maestro japonés del género, Hayao Miyazaki. El director de La princesa Mononoke (1997), cuando todavía no muchos lo hacían, ya alumbraba textos fílmicos de fortísima impronta ambientalista, que igualmente constituían verdaderas disertaciones proactivas sobre la igualdad y el descubrimiento de la pluralidad, a partir de la premisa inclusiva de cualquier diferencia.
En Flow…, el joven Zilbalodis da un gran paso de avance en relación con su ópera prima, Away (2019), al componer una película devenida suma de su más personal autoría: la dirige, coescribe, monta, fotografía, diseña, produce y musicaliza. Y lo ha hecho en Letonia, tan lejos de ee. uu. y Japón, los dos polos del género; como de Francia e Inglaterra, los adelantados de Europa. Vale, incluso más, por eso.